Soy Belén, la hija de Manuel Cabello Requena. Mi padre falleció el lunes. Era una gran persona al que la vida se lo puso un poco complicado con el fallecimiento de mi madre y después con esta dura enfermedad. Sin embargo, lo enfrentó con mucha fuerza y entera.
Una de mis mayores preocupaciones era poder acompañarlo en todo este camino y poder proporcionarle una muerte digna y sin sufrimiento. Por ello, quería agradeceros en su nombre y en el de toda la familia los cuidados que habéis proporcionado a mi padre para permitir que muriera tranquilo, en casa, rodeado de su familia y sin sufrimiento.
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A las compañeras de Cuidados Paliativos del AGS Sur de Córdoba

Gracias a vosotros por la gran labor que hacéis, sé lo que es tener un enfermo en casa, mi padre estuvo 40 años con una minusvalía, casi tetrapléjico por un tumor en la médula, el microrrelato cuenta sus últimos minutos de vida, una vida de lucha y de optimismo ante una enfermedad que le obligó a estar en casa, sin moverse, su gran mente le hizo resistir con muchísimo ánimo, algo que nos transmitió a todos los que lo conocimos.
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A la RedPAL, por la publicación de su 2º eBook

El hombre de la habitación contigua murió aquella madrugada cinco minutos después que mi padre. Lo supimos porque su hija, que llevaba tres días en la unidad de paliativos sosteniéndole la mano, lanzó un lamento tal que retumbó hasta el último tornillo del hospital. Un largo rato después, pasó por delante de nuestra habitación y nos vio sentados, uno a cada lado de la cama donde yacía mi padre.

-¿No os da vergüenza -nos dijo, señalándonos- sonreír de esa manera cuando acabáis de perder a vuestro padre?

Mi hermano y yo nos miramos. Sonreíamos tras nuestras lágrimas, sí, pero, ¿cómo explicarle a aquella mujer que este final ya lo conocíamos desde aquel diagnóstico de hacía ya catorce años? ¿Cómo explicarle lo maravillosos que habían sido aquellos años desde entonces, cuando mi padre se dedicó en cuerpo y alma a regalarnos cada día toneladas de recuerdos imborrables?

¿Cómo explicarle?

Punto y seguido

Cuando le dieron la noticia no supo que decir.

Tras un momento pareció eterno respondió. “De acuerdo. Entonces tendré que dedicarme a diseñar el final de mi vida”. Su formación arquitectónica le había brindado siempre buenas herramientas para construir su casa, su proyecto de vida, su familia y hasta su desarrollo profesional. Ahora tocaba el momento de cerrar ese plan y lo haría de la misma forma, con esa mentalidad que a los anglosajones les gusta llamar Design Thinking

Para ello recurrió a un mapa, el mapa de las relaciones de su familia, un recorrido doméstico de a quien tenía que ver, cómo y dónde. Como si de una escenografía se tratara pensó en los distintos ambientes y las personas que los ocuparían, el mejor momento del día e incluso la estación del año pues para ello tenía 10 estupendos meses donde diseñar los espacios de sus despedidas.

Diseño del final de una vida

Me ausentaba apenas unas horas. Las justas para darme una ducha, reacomodarme la sonrisa y regresar al hospital. Mientras tanto, Leo se quedaba con su padre.

El niño hacía preguntas. Muchas. Que por qué le pinchaban tanto, que cuándo saldría de allí, que cuándo llegaría su nuevo corazón. Y últimamente, que por qué si le habían crecido alas, no lo dejábamos volar. ¿Qué dices? No te han crecido alas, cariño, le contestaba yo revolviéndole el pelo. Y con eso disimulaba el nudo que tenía instalado entre la garganta y el estómago.

Hasta que una tarde regresé con mi sonrisa puesta y lo encontré parado en el alféizar. Las alas allí estaban. Extendidas, impecables, blancas.

Su padre me miró, yo asentí. Él le soltó la mano, y lo dejamos volar.

Alas blancas

“No, el anillo no; dejen que entre con él.”- insistí al enfermero antes de que se la llevaran.

No era una joya cara, dudo incluso de que el oro de su circunferencia fuera de calidad. Pero era lo único que conservaba de mi padre y sabía que le daría fuerzas para seguir. Le esperaban días de aislamiento. Un tiempo en el que sólo vería a personas escondidas en trajes de plástico.

Durante veinte días, mi madre soportó todo tipo de envites. Fiebre, ahogos, dolores. Y, tras cada crisis, el mismo gesto: una caricia al anillo. Un gesto que el enfermero me refería, a sabiendas de que era un mensaje.

Cuando volví a verla estaba consumida pero tranquila. Me pidió que me acercara. Se quitó el anillo y me lo entregó. Cerró los ojos y dejó de respirar. En su rostro una expresión vencedora. En mi mano, un anillo.

El anillo

Como cada mañana desde que el calendario se tornase un ovillo deshilachado de recuerdos dentro de su mente, ella volvió a humedecerle los labios con una gasa. Era la única que conseguía, simplemente con su presencia, que la enfermedad se batiese temporalmente en retirada. El denso olor a medicación, el simple roce de sus dedos en la sábana o un mechón de pelo acariciándole involuntariamente el pecho mientras se inclinaba para manipular la vía que le mortificaba el brazo, le bastaban para saber que seguía aquí. Hacía mucho tiempo que no tenía miedo del miedo, ni del dolor al que retaba todos los días, ni siquiera de la gran oscuridad que presentía cercana. Solo le entristecía tener que renunciar a su ternura, lo único que daba sentido a una vida que se despedía… y estar con ella hasta el final, significaba despedirse del mundo con ternura.

De los afectos

Ainhoa tenía ocho años. Tenía diecinueve libros en su habitación. Tenía muchas ganas de viajar a Japón. También tenía leucemia. Lo que no tenía era mucho tiempo.

Morirse no le gustaba nada, pero no se le podía hacer gran cosa. En vez de lamentarse, decidió que contaría cada día como si fuese un año entero, y así podría morir de vieja. Enero, de doce a dos. Febrero, de dos a cuatro. Hacía frío en invierno, pero de pronto venía junio, de diez a doce, y pasaba el mes entero en el parque, si la dejaban. Se dio cuenta de que no es que ella fuese a morir demasiado pronto, es que el resto del mundo iba a morir demasiado tarde. Le daba un poco de pena que tanta gente perdiese tanto tiempo en cosas tan tontas.

Llegaba septiembre, tocaba leerle un cuento a papá y mamá. No hacía falta más.

Morir de vieja

Se encogía cada noche como los tentáculos del caracol cuando advierte otra presencia. Su dulce expresión pugnaba por ocultar las arrugas de tantas jornadas inacabables bajo un cielo de añil. Nunca se lamentó de tan cenicienta existencia. Nunca le volvió la cara al sufrimiento.

Cuando notó el cansancio perforando sus huesos y las manos encallecidas como astillas requemadas, ese día, sin avisarlo, la llamada del viento lóbrego acudió a su puerta. Recogió los mejores sueños en su memoria y dibujó una eterna sonrisa. Se puso el vestido de primavera, los zapatos de tacón bajo, un poquito de carmín y recorrió el camino hacia su último destino. Estaba preciosa.

Murió dos semanas después, consumida por los años, vencida por la enfermedad en la novena planta del hospital. Al partir, nos dejó un sentido mensaje: “Cuando vuelvan los abrazos, acuérdense de repartirlos entre los seres queridos”.

Todo el pueblo acudió al entierro

Cenicienta

Una tarde de manto anaranjado sobre el alba, mi abuelo me contó un secreto. Me dijo que un día sería un árbol. Las castañas que merendábamos crepitaban al fuego y vi en su reflejo que no mentía. Por entonces, mi abuelo me parecía una semilla muy humana. Trataba a las personas con voz dulcificada y en sus brazos siempre había cobijo donde sentarse a la sombra. No dijo cuándo sucedería pero a mí me gustó pensar que fue de noche, al terminar el paseo por la cañada. Que de sus pies brotaron raíces y se hundieron tímidamente en la tierra. Me gusta recordar que lo encontramos paseando y por la forma de su tronco supimos que era él al instante. Hace poco descubrimos erizos verdes sobre sus ramas. Hemos preparado la sartén, y a la tarde haremos castañas de nuevo. Porque alma que vive, que ama y sueña… siempre brota.

Castañero